Ser director de cine, o como saberte el hijo de puta del rodaje.

Ayer fue uno de esos días en los que uno debe asumir su profesión y tomar decisiones que, aunque profesionales, indefectiblemente, acaban por rozar con lo personal: retirar a gente del reparto.
Hace unos años, con motivo de la preparación de un largometraje que, finalmente, no llegó a buen puerto (aunque me consta que por el camino los productores se montaron su propia película muy, pero que muy bien), ocurrió lo siguiente: por decisiones de producción, me vi obligado a quitar el papel protagonista a un afamado y reconocido actor con casi cuarenta años de profesión a sus espaldas. Traté de suavizarlo pero no sirvió de nada. El tipo, encolerizado y a voces, me exigía una explicación, y yo, obediente y educado, se la proporcioné:
-Amigo, los productores no quieren que seas tú el protagonista. Dicen que, si en cuarenta años nadie te lo ha ofrecido, no va a ser en esta película tu primera vez.
Y tras aquella declaración, dolorosa pero tan real como los gritos del actor, el tipo se despachó con la siguiente contestación que hoy, cuatro años más tarde, aún me provoca perplejidad, asombro y, a decir verdad, una sonrisa.
– ¿Y quién coño son los productores para decidir algo así…? ¿QUIÉN?
Reconozco que ante tamaña cuestión no supe contestar. Amén de ser los señores que ponen el dinero, los productores no eran más que eso, los artífices de que la película saliese adelante.
Viene esta anécdota a colación de que, desde aquel momento, tanto él como su señora, me negaron el saludo, fueron hablando mal de mí y me convertí en un hijoputa, o lo que es lo mismo, en director de cine.
Admito que me hizo cierta ilusión el hecho de que así me considerase aquel monstruo de la interpretación, porque yo se lo reconozco, es bueno el tío. Pero aún más le agradezco el hecho de dejarme claro que, un director siempre es el más cabrón del rodaje. Hagas lo que hagas. Gracias Willy,

En otra ocasión, rodando mi web-serie LOS HIJOS DE MAMBRÚ, tuve que prescindir del trabajo de uno de los intérpretes; simplemente no funcionaba como yo esperaba y entre eso y que el resto del reparto no dejaba pasar un día sin sugerirme que buscase la desaparición del personaje a la mayor brevedad, pues me puse el traje de hijoputa, le llamé y se lo dije.
Nada más colgar el teléfono, varios de esos mismos actores, con gran diligencia, descolgaron los suyos para hacer saber al recién defenestrado cuán a gusto habían trabajado con él y lo que lamentaban el luctuoso suceso de su prematura muerte en la serie. Barrunto que alguna mención especial a mi madre debió caer también por el camino, sin embargo hice lo correcto, sonreí como si nada de aquello fuese conmigo y acepté, de nuevo, que era el hijoputa.

Así las cosas, y volviendo al comienzo de la postal, ayer volví a ejercer de fehaciente vástago de una meretriz; tras ir a visitar al camposanto de Pozuelo de Alarcón al maestro Berlanga, padre cinematográfico del aquí firmante y célebre hijoputa reconocido por él mismo y por otros grandes, como el recientemente fallecido y admirado, Alfredo Landa, quien aseguró en su biografía que Berlanga era «un cabrón con ventanas a la calle», pues tras la visita y re-lectura de la biografía del maestro valenciano (que recomiendo a todo aquel al que, infelizmente, se le pase la idea de dirigir alguna vez por la cabeza), lo medité y decidí hacer unos cambios en el reparto de mi próxima película, BAJO UN MANTO DE ESTRELLAS con lo que torné a ser… Eso sí, el… El director.

Junto a la tumba del maestro Luis García Berlanga.

Junto a la tumba del maestro Luís García Berlanga.

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